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Concurrencia deliberante (#053)

[Microficción (373p.) de la Parte II de El viaje]
-Del principal quehacer de quienes viven en un lugar apacible-

Llegamos a otra nación primaria, diferente a las demás visitadas.
Estaba en un lugar tranquilo, protegido por acantilados, apartado de todo, excepto de ellos mismos (diría algún lugareño), excepto de las malas lenguas de sus propios vecinos.

Desde el inicio de su historia ha sido una nación deliberante, acostumbrada a resolver sus conflictos con poder blando. A todos allí les gusta hablar, opinar, hacerse escuchar, y tienen el derecho a hacerlo en cada asamblea convocada. Para algunos es un deber, no importa si se sabe del tema o si éste es relevante, lo importante es hacer respetar el derecho a opinar.

Todas las decisiones se toman en parlamentos, hasta las más nimias.
Al primer lugar a donde nos convidaron fue al foro, una amplia plaza con gradería donde se debaten los asuntos públicos. En el centro de cada poblado hay uno, al aire libre, donde cualquiera puede participar (incluso los extranjeros).
Paseamos muchas veces por allí, es la zonas más concurrida de la ciudad pero, con todo y eso, no había demasiada actividad. La vida en esa nación es apacible, lenta. La gente habla más de lo que trabaja, y están orgullosos de ello.
Es la capital menos poblada de las que conozco (en proporción al resto de la nación). Me cuentan que hay quienes se mudan a zonas despobladas sólo para tener mayor oportunidad de hablar en las asambleas, que es el plan de retiro ideal para muchos.

El organismo más importante para los lugareños es el cabildo de su municipio, nada ocurre si una mayoría fuerte en su seno se opone. Nada, ni siquiera si es una decisión proveniente del parlamento nacional.
Para que el parlamento imponga una resolución debe estar respaldada por una mayoría un sexto más grande de la que se opone en el cabildo. Es decir si la mitad de los miembros de un cabildo se oponen a una decisión del parlamento, éste tendrá que aprobar una moción de imposición con dos tercios de su poder de voto.
Por demás, ninguna resolución aprobada con mayoría fuerte (de cinco sextos) en un cabildo puede ser anulada por el parlamento.
Pero las mayorías fuertes casi nunca se alcanzan, es más entretenida la polémica y el debate que el consenso.

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*Nota: Ésta fue la decimoséptima nación que visitamos. La concurrencia constante a sus asambleas me recuerda las convenciones partidas en las naciones de prolíficos, que duran más de lo usual por tener demasiados militantes.

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