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A10-Presidentes m07 Sentido cívico Viaje

Un director de orquesta

[Microrrelato (497p.) de la Parte III de El viaje]
-De cómo inicio un tipo de gobierno muy particular-

Uno de los presidentes más recordados después de la gran confrontación llegó al poder por mera casualidad, por lo la apatía y desinterés de los políticos tradicionales.
Lanzó su campaña por la presidencia sólo por llamar la atención sobre los asuntos que le interesaban, para poner los reflectores en la deprimida vida cultural de la nación.

Ya era una persona afamada cuando lanzó su campaña, disfrutaba de gran prestigio y dinero no le faltaba. La política no le atraía, veía su incursión en ese mundo como un sacrificio necesario para mejorar la condición general de su gremio. Tenía varias ideas y proyectos específicos; planeaba retirarse cuando algún político de carrera los asumiera y se comprometiera en público a respaldarlos. Pero ninguno lo hizo.
No fue necesario que transcurriera mucho tiempo para que se diera cuenta del desinterés de la clase política, para que rehiciera sus planes, para que pasara de sólo proponer proyectos a exponer los problemas sistémicos que veía en la sociedad, en la política, y lo expresara en términos propios de su profesión:
“El presidente, como individuo, tiene demasiado poder discrecional, tiene demasiadas atribuciones, puede intervenir en cualquier asunto aún sin estar capacitado (…) Es como si un director de orquesta, en medio de una presentación, pudiera soltar su batuta y tomar cada instrumento para tocarlo por sí mismo pensando que así mejoraría la ejecución general de la pieza (…) Pero resulta al contrario, se pierde la coherencia, se pierde la visión general necesaria para marcar un rumbo y, además, se multiplican los errores en la ejecución de dicho instrumento (…) Nadie puede ser especialista en todo, hay que respetar a los especialistas”

Al avanzar la campaña propuso un plan de gobierno de unidad nacional donde los «especialistas» se encargarían de sus respectivas áreas, donde los colegios profesionales designarían a las personas idóneas.
Su trabajo, como el de todo director, sería el de estudiar a profundidad una visión de gobierno (compuesta por políticos de carrera) y diseñar la mejor forma de interpretarla con los instrumentos, y ejecutantes, a disposición. Además de tener, llegado el momento, el oído para indicar el instante de entrada de cada ministerio, llevar el tempo y marcar cuándo cambiar de dinámicas.
Cada ejecutante tiene un trabajo arduo, necesita mantener la mayor concentración posible en el mismo, no puede encargarse de nada más, no puede preocuparse de nada más. Debe confiar en el plan trazado y centrarse en su misión, se debe aislar del resto de sus compañeros, de todos menos de quien dirige pues en él tendrá la única referencia válida. Él tiene la mejor acústica, está en la mejor posición para entender lo que pasa y dar paso a cada movimiento.

A pesar de sus exitosos gobiernos pasaría mucho tiempo antes de que se hiciera norma un método de designación ministros parecido al suyo aunque ya desde esa época se volvió un deber cívico ceder la capacidad ejecutiva, tanto en entes públicos como privados.
Se pasó a un presidente-director, en lugar de uno ejecutante.

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