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Ángulo cuarto: Táctico

UnaSelección; UnTrabajo; UnaRetirada; UnaHuida

Una selección

Estaba al acecho, paciente, con la certeza que en algún momento la persona ideal pasaría.
De repente distinguió un caminar característico, característico de quienes van despistados, de quienes no prestan atención a la gente a su alrededor. Vio cómo caminaba sin pensar.
Evaluó el coeficiente ganancia-riesgo. Sonrió: el riesgo era mínimo, de hecho era tan bajo que cualquier ganancia valdría la pena, incluso la simple ganancia de experiencia.

Empezó el acecho, a una distancia moderada y disimulando su extraño caminar. No sólo veía y estudiaba a su selección sino a quienes los podían ver: a los niños jugando, a los carros que pasaban, a los peatones que iban en su misma dirección; en especial, a aquellos con caminar mesurado, esos que lo van observando todo, evaluándolo todo.
Ya había decidido lo que haría, sólo le restaba esperar el momento oportuno, el momento en que se despejara la vía, el momento en que (en particular) alguien de caminar mesurado que venía en dirección contraria pasara de largo; pero eso nunca ocurrió: Justo se había quedado viendo a su posible víctima, justo tropezaron, justo empezó a insultar y a desearle la muerte a ese ser invisible, convirtiéndole en el centro de atención de todos.

Desistió, el riesgo había aumentado demasiado.
Ya estaba a punto de irse cuando oyó un frenazo y vio cómo se perdía todo el gran porte de quien le hubiese dañado sus planes iniciales.
Se hizo a un lado y quedó a la espera, al acecho.
Inició una nueva selección.


Un trabajo

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Estaba inmóvil, al acecho.
Después de estropearse su primera selección creyó que sería una jornada perdida, cuando de pronto oyó un frenazo y vio un cuerpo rodar por el pavimento. Supo de quién se trataba incluso antes de enfocar la vista.
Sonrió para sí: Eso le pasa a la gente que va así, caminando sin pensar. Sonrió aún más cuando entrevió quién sería su nueva víctima y cómo la encararía, pues segundos antes, sólo por un tropiezo, había estado maldiciendo y deseando la muerte justo a quien acababan de arrollar: Si así se cumplieran todos mis deseos…

Siguió detallándole. Vio cómo perdía la postura, cómo todo su gran porte se venía abajo. Se acercó, le llevó a un lado con delicadeza, le preguntó en voz baja qué necesidad tenía de MATAR a alguien así, por qué lo había hecho si solo había sido un leve tropiezo. Le dijo que irían a la policía, que nunca más vería a su familia.
Todo eso le decía, y mucho más, mientras veía cómo su víctima lloraba, cómo todo se lo creía y lloraba y lloraba y le creía y lloraba y confiaba.

Hizo que se lo diera todo, no solo su dinero, celular e identificación, sino también las claves de sus rutinas, de su dinero, de su vida digital; además de las llaves y direcciones de su casa y oficina. Se fue, dejándole allí, aparte de todo, como en otra dimensión.


Una retirada

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Este trabajo puede ser algo grande, se dice mientras se aleja con orgullo del lugar por una calle secundaria, dejando atrás el rumor de una muchedumbre amontonada y teniendo por delante unos pocos transeúntes que caminan con calma o que pasean a sus perros. 
Nada que temer, se dice relajado.

No puede esperar a contarle a sus colegas su buena fortuna. Va ojeando una agenda elegante y ensayando para sí su disertación:
«Cuando un trabajo se hace bien, con método, con disciplina, no puede salir mal. Sólo es cuestión de mantenerse enfocado, en no perder los estribos por tonterías, en siempre revaluar las oportunidades, los riesgos y las recompensas, en saber cuándo es hora de retirarse.»

De repente el rumor de la muchedumbre cesa, surgiendo en su lugar una sola voz firme pero serena, imponente pero humilde. Siente extrañeza debido a una certeza: Es la voz a la que pertenecía (o pertenece) la agenda que revisaba. De inmediato guarda la evidencia y arrecia el paso.
No puede evitar voltear atrás. Necesita verificar que nadie le sigue, que nadie le mira. Grave error, se diría más tarde, Error de novato.

No había vuelto de nuevo la vista al frente cuando oyó tres fuertes ladridos, vio los dientes de un perro rabioso y sintió una mordida en la pierna que casi le derriba.
Se recuperó de inmediato pero tuvo que salir corriendo, esperaba no haber dañado el trabajo por un tonto descuido.

Había cantado victoria demasiado temprano.


Una huida

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Debía recuperar la calma.
Había sufrido un revés inesperado pero no definitivo, no había nada que temer, aún podía hacer que fuese su mayor trabajo en más de un año.

Era importante huir, no por miedo sino por táctica. Se debía alejar del lugar pero no de forma desordenada, no podía ir a su guarida habitual ni encontrarse con sus amigos. Eso es básico, no se quiere un efecto cascada.
Mientras menos huellas deje mejor, se dice, Mientras menos gente sepa mis movimientos mejor.

Siempre podrá alegar que no fue un robo, que sólo recibió esas cosas como regalo de alguien que quería reivindicarse con el mundo, con la vida, por todo lo malo que había hecho ¿Por qué habría de rechazarlo? ¿Qué culpa podía tener? 
Y si corrió fue por un perro bravo que lo atacó

Ríe a carcajadas mientras piensas sus argumentos. Luego revisa lo que le queda del botín:
Todavía tiene la agenda, las llaves, el celular y, lo más importante, toda la información necesaria, información confidencial, información que ni siquiera sus más allegados conocen.

Queda trabajo por hacer.

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