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Ángulo noveno: Canino

Un decomiso

Aquel día habían salido a pasear, después de días de insistir tenazmente.
Había gente apiñada al final de la calle, a unos doscientos metros, donde ésta intercepta con una gran avenida. Parecía deberse a un arrollamiento. Quería ir a ver de cerca pero no logró que le acompañaran (hubiese sido pedir demasiado).
No le importó, había visto a alguien con caminar extraño: viendo mucho a su alrededor, detallando a la gente, sobre todo a quienes estaban cerca del accidente de tránsito, distraídos. Personas así sí que tienen vibra de delincuentes, pensó, Sólo hay que encontrar las pruebas para la imputación.

Esperó a que se acercara, manteniendo la calma hasta el final, hasta que (en un santiamén) se sacudió el bozal, le apabulló con tres fuertes ladridos, acorralándole, mientras arrastraba con toda su fuerza a su acompañante quien no pudo controlar el sorpresivo tirón de la correa (se había distraído intentando ver el accidente a lo lejos, y cómo increpaban a quien manejaba).
Los tres ladridos solo fueron la advertencia de rigor antes de la mordida, una mordida magistral en la pierna, seguida de una sacudida que, sin producir demasiado daño a la pierna, hizo que se cayeran carnets y tarjetas del bolsillo del pantalón, y que produjo tal temor que ni siquiera hubo tentativa de recuperarlos pues además eran mal habidos, como se descubriría después.

Su acompañante, con la lentitud que le caracterizaba, no alcanzaba a comprender. Solo lamentaba ese nuevo ataque, rogaba por no tener otro problema legal encima y buscaba la forma de irse sin llamar la atención, sin que nadie conocido les viera, evitando en especial a los niños que siempre jugaban por la zona.
El perro se resistió al deseo de huída de su acompañante, obligándole a ver y a recoger los carnets y tarjetas del suelo.
Y sólo después de ello, con la satisfacción del deber cumplido, se “dejó llevar”.

Un rastreo

No tiene problema en dejarse llevar, sobre todo porque van en la dirección correcta.
Va con la confianza de su juventud. Se va diciendo: Luego de interceptar  delincuentes, y de decomisar parte de su botín, lo mejor es iniciar una persecución a distancia que permita descubrir su guarida y a sus posibles cómplices

Ese es su plan. Sólo resta implementarlo.
Sólo queda seguir su rastro (pan comido con un aroma tan característico) y actuar en consecuencia. Pero para ello necesitará la colaboración de su acompañante quien, de seguro, ni siquiera entiende lo que pasa. Tengo que aprovechar su próximo descuido, se dice.

Sabe que le queda poco tiempo, pronto querrá devolverse a casa. Espera con paciencia, muestra tranquilidad y sumisión. Espera a que afloje la mano que sostiene la correa.
De repente, de un solo jalón, logra su libertad e inicia la persecución, siempre dejando un rastro que su acompañante pueda seguir. No quiere que se deprima por su pérdida, son muy unidos a pesar de ser tan diferentes.


<= Áng. viii) Senil

Áng. x) Olvidadizo =>

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