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Ángulo primero: Sonriente

UnAtropello; UnAleteo; UnApuro; UnMotivo; UnaMirada

Un Atropello

Va caminando por una calle, sin pensar: no sabe cómo, nunca aprendió.
Mira a la gente a su alrededor, sin pensar, sin juzgar, sin mayor interés.
Se tropieza con alguien, no le pide disculpas. No porque no quiera sino porque algo le conmueve, porque su aroma le conmueve, su aroma le hace recordar, añorar, un tiempo pasado en un lugar lejano.

Sigue caminando, sin parecer darse cuenta que camina, ni que le insultan por aquel tropiezo avivador de recuerdos, ni mucho menos que sigue el paso de un apuro vacío.
Sigue caminando cuando de pronto siente un fuerte golpe en el costado de su cadera que le hace ladearse sin control hasta que una placa metálica detiene su caída a medio camino del suelo con un golpe en el codo y otro en la cabeza.

Rueda por el pavimento.
Abre los ojos: ve el cielo, ve las nubes, ve un semáforo.
Presta atención: oye gritos, pedidos de auxilio, lamentos, justificaciones.
Cierra los ojos, deja de prestar atención: vuelve a su recuerdo, vuelve a aquel aroma, sonríe.


Un aleteo

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Tenía el extraño don de poner su mente el blanco, de lograr un nivel de concentración inusitado, de hacer que su mente trabajase sin la impertinente interrupción de su consciencia.
Los resultados solían ser desconcertantes, era como poder saber cuál aleteo de cuál mariposa había producido cuál tormenta al otro lado del mundo pero sin llegar a tener consciencia de todos los procesos involucrados.

Pensar es interrumpir el trabajo de nuestra mente, pensar sólo le impide desarrollar todo su potencial, toda su capacidad de procesamiento, decía su dogma de fe: Pensar sólo nos permite calmar nuestras ansias espirituales haciéndonos creer, con unos breves destellos de razonamiento lógico, que tenemos algo de control cuando en realidad vivimos en un mundo lleno de incertidumbre, de aleatoriedad.

Le gustaba salir a caminar para refrescar su base de datos (según decía) pero aquel día había algo másque le había hecho sonreír, aquel día todo se había alineado (no sabía cómo ni por qué), aquel día sería trascendental, aquel día había tenido la certeza se daría el aleteo que produciría la mayor de las tormentas.


Un apuro

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Un carro le acababa de chocar, sentía el ajetreo a su alrededor.
Su mente estaba en blanco, trabajando, maquinando por sí sola, más allá de toda consciencia.

Entre el ajetreo oía una voz obstinada que explicaba lo ocurrido, una voz que le nombraba, que describía su actitud como errática (de rémora, decía con desdén), una voz que buscaba calmar a la gente, que parecía querer resolver el asunto para poder irse, una voz que con apuro vacío explicaba cómo había pasado todo, explicaba de quién era la culpa, explicaba qué debía hacerse.

Oyó con satisfacción cómo progresaba hasta que alguien nuevo llegó, gritando, exigiendo reparo, golpeando la ventanilla del carro, obligando a salir a quien manejaba para luego arrepentirse sin lograr comprender lo que le decían con apuro obstinado.

No pudo evitar sonreír: Todo marcha sobre ruedas.


Un motivo

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Estaba feliz, con la dulce resignación de quien ya no tiene esperanzas, con la suave tranquilidad de ya no tener sueños que cumplir ni objetivos que alcanzar.
Siente el calor del pavimento en su espalda, siente la humedad de su propia sangre en la nuca, siente decenas de contusiones por todo el cuerpo.

No quiere moverse, solo quiere dormir pero la gente a su alrededor le dice que no lo haga, le dice que espere a los paramédicos, que se mantenga consciente. No entienden, no entienden que lo único que alivia el dolor es dejarse llevar, es dejar de respirar. No entienden que es una tortura vivir así, no entienden que un año de placer no compensaría ni cinco minutos de lenta agonía.

¿Por qué siguen con la tortura si lo único que quiere es alcanzar la paz, si solo quiere dejar todo el dolor atrás? ¿Por qué le quitan la libertad de decidir sobre su ser?
¿Es que no ven que solo quiere conciliar ese aroma conmovedor, ese apuro obstinado?


Una mirada

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Una voz le saca de su marasmo, una voz soberbia que buscaba restituir la cordura por medio de su propia locura. Nada extraño en la era de la muchedumbre global, piensa.

Percibe cómo esa voz se va apagando poco a poco en la medida que consigue su objetivo. A la vez percibe cómo evita voltear en su dirección, cómo evita buscar su mirada, pero sin lograr evitar que su aroma conmovedor se acerque transportado por una suave brisa.

Siente cómo el universo se calma. En el instante preciso entiende (sin saber por qué) que debe voltear y lo hace con sus últimas fuerzas. Sus ojos se encuentran con una mirada perdida en la oscuridad, perdida entre la culpa y la disculpa, y le sonríe. Esa mirada de repente se ilumina, abriéndose ante un universo ahora patente, devolviéndole la sonrisa.

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Áng. ii) Soberbio =>