Categorías

Ángulo segundo: Soberbio

UnDeseo; UnaLección; UnaAsistencia; UnDespertar; UnaPreocupación

Un deseo

Camina con mesura por una gran avenida, observándolo todo, evaluándolo todo. Distingue personas de todo tipo, en especial le agrada ver a los niños jugar y recordar a sus propios hijos.
Alguien en particular le llama la atención, alguien que parece caminar sin pensar, que parece estar moviéndose en otra dimensión, que parece no tener conexión con su entorno, con quienes le rodean.

Detalla su caminar, mira cómo se le acerca sin venir a su encuentro, cómo le ve fijamente pero sin mirarle, cómo entiende sin pensar. De repente se percata que la calle es más estrecha justo donde se encontrarán si mantienen velocidad y dirección, se percata que le correspondería el paso (según las leyes de urbanidad vigentes) pero que, obviamente, no le será cedido.
Desea evitar la confrontación pero se niega a renunciar a sus derechos por la rareza de alguien.
Desea ayudarle a despertar pero no lo logra: chocan, y el resultado es peor de lo esperado, siente que no hubo distracción sino alevosía. Le reclama pero su indiferencia es total, es una indiferencia insultante, es la indiferencia de quien considera al otro un ser inexistente: un no-ser.
“La antítesis del amor no es el odio, es la indiferencia”.

Se enfurece, le insulta sin recibir respuesta, e incluso cree distinguir una leve sonrisa en su rostro.
Ve como se aleja. Le desea la muerte, lo grita con toda su alma, se lo grita una, dos, tres veces.
A la tercera vez, ve cómo un carro le pega en el costado de la cadera, haciéndole ladearse, golpear la cara al capó y rodar por el pavimento.
Su deseo se había cumplido.


Una lección

subir

Vio cómo atravesaba la calle con indiferencia, oyó los frenos del carro desesperados por parar, sintió el golpe como si hubiese sido en su propia cadera, sintió culpa ante la sangre derramada, ante ese cuerpo inerte, tirado allí, en el pavimento.

Casi cae al suelo. No podía creer lo que veía, no podía creer lo que había pasado, no podía creer la sincronía entre sus palabras y aquel trágico accidente.
Intentó calmarse, intentó razonar. Respiró profundo. Sintió más culpa aún al no poder evitar pensar que se lo tenía merecido, que se merecía un castigo, una lección de civilidad por tropezarle, por su indiferencia, aunque (debía admitir) resultó desproporcionado: Lo que había querido era que aprendiera una lección, por eso le había insultado, para que se sintiera mal y reflexionara.
Pero nada más.

No había sido su intención desearle la muerte de verdad,
y mucho menos deseársela tres veces y que a la tercera…


Una Asistencia

subir

Estaba en medio de la acera, inmóvil; con la vista fija en un cuerpo tirado en la calle, sangrante. Sentía que se perdía entre la culpa y la disculpa.
Estaba vulnerable, incapaz de discernir entre el bien y el mal, incapaz de entrever intenciones, incapaz de evitar engaños.

Por eso no le importó cuando alguien tomó su brazo y le llevó a un lado, incluso lo agradeció, no quería ser el centro de atención. También agradeció que le aclarara (entre susurros) todo lo que había hecho, todo el mal que había provocado por un simple tropiezo. Entrevió lo desproporcionado de sus propias acciones y se llenó de remordimientos, de deseo de enmienda.

Sentía una leve extrañeza ante tan repentina solidaridad ajena pero prefirió no pensar, el mundo se le había vuelto demasiado agobiante. Necesitaba liberarse, decidió confiar ciegamente en aquel ser caído del cielo y obtuvo un alivio inmediato. Alivio que aumento cuando, sin siquiera emitir palabra, consiguió que le ayudara, que se encargara de todo: hablaría con la policía y con su familia, cancelaría sus reuniones e incluso indemnizaría a la familia de la víctima del accidente.

Esa alma caritativa de extraño caminar pasaría su día ayudándole, tenía que hacer que su trabajo fuese lo más fácil posible, por eso había decidido darle todo: desde el dinero que tenía hasta las llaves de su casa. Por eso le explicó sin muchas palabras cómo toda su vida giraba en torno a su celular y activó las funciones que necesitaría.
Por eso incluso le puso a disposición a su asistente, quien iría a su encuentro apenas viera que le había compartido la ubicación de su GPS.


Un despertar

subir

Había estado inerte a un lado de la acera. No lloraba, sólo mantenía un gimoteo perdido e incesante.
Oía a lo lejos una voz que le intentaba consolar con impaciencia, casi con obstinación. Una voz que repetía una y otra vez que no podía ser su culpa, que era imposible, que no había medios físicos. 
Sabía que le mentía por compasión.

Esa voz hablaba y hablaba, con mil y un razonamientos exquisitos que oyó sin escuchar hasta que inculpó a alguien más. Hasta que le dijo que en todo caso «la culpa de un arrollamiento es de quien va manejando el carro…» y no oyó más. En ese instante sintió cómo se aclaró su mente, cómo se llenó de determinación su alma.

Sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. No podía permitir que un ser inocente pagara en su lugar.
Se dirigió con decisión hacia un gentío apiñado. Le abrieron paso, quién sabe si por temor o por solidaridad. Explicó lo sucedido con toda la calma y suavidad que pudo, explicó que sólo quería enseñarle una lección, que no quería «empujarle al vacío». Los presentes empezaron a retirarse (sobre todo después de unos fuertes ladridos en la calle transversal).

Quiso consolar a quien manejaba el carro pero no supo cómo, ya había dicho todo lo que tenía para decir. Tampoco tuvo la fuerza para acercarse a la víctima, a ese cuerpo moribundo; el simple recuerdo del arrollamiento le paralizaba. 
Aunque su propio cuerpo nunca había decaído, su alma estaba agotada, incapaz de soportar un nuevo encuentro.


Una preocupación

subir

Su alma reconstruyó toda la escena: el arrollamiento, la sangre en el pavimento, la acusación, el acoso, la tensión creciente, tendiente al linchamiento, por la que tuvo que intervenir. También revivió su propia actuación y resintió el esfuerzo, le hubiese gustado descansar pero no era de sí mantener la quietud en tales situaciones.

Decide acercarse a quien manejaba, en quien recaerá la posible acusación de homicidio involuntario. Se acerca poco a poco, ve cómo su comportamiento compulsivo, casi catatónico, vuelve a la normalidad mientras mira en la dirección del cuerpo yacente.
Ve cómo surge una sonrisa en su rostro. Una sonrisa particular que cree haber visto antes. No sabe por qué, pero tiene la certeza que algo conmueve a esa alma errante, que algo le hace recordar, añorar, un tiempo pasado en un lugar lejano.

Lejos de apaciguarle, esa sonrisa le inquieta. Se acerca más y hace que se siente en un asiento trasero del carro.
Será mejor evitar que siga viéndole, se dice, Ya la policía llegó, ya sólo queda que se deje llevar sin que muestre tal plenitud por el mal hecho.

«De lo contrario será imposible evitar que se convierta en mí chivo expiatorio.»

subir


<= Áng. i) Sonriente

Áng. iii Patente =>