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Ángulo séptimo: Infantil

UnaIncursión; UnProyecto

Una incursión

Estaban concentrados en lo suyo, como siempre, impasibles ante la realidad que les rodea. Aquel día, por encima del ajetreo de la gran avenida, oyeron gritos absurdos, insultos que daban risa pero también oyeron una voz que gritaba: ¡¡Ojalá te mueras!!, lo gritaba con tal convicción que dejaba de dar risa, que asustaba, que les hizo voltear para detallar a quien gritaba, para poder distinguir (en un futuro) a la clase de persona que le gusta tentar a la muerta de esa manera.

Se sorprendieron al ver una persona de gran porte, que parecía no sólo buena gente, sino muy buena gente: parecía una de esas personas que ayuda a la gente en la calle, que se fija en todo, que cuida a su familia, en especial a los niños pequeños y a los abuelitos, al igual que cuida a desconocidos que no parecen buena gente, personas que incluso parecen mala gente, muy mala gente, como esa que se le acercó y que tenía una forma extraña de caminar y que le llevo a sentarse a un lado como para darle ayuda y que le pidió sus cosas quién sabe para qué (quizá para ordenarlas, quizá para buscar algo).

Vieron como se iba en seguida, rápido. No sabían por qué: tal vez para buscar ayuda, tal vez para hacerle un favor. Sintieron lástima que una persona tan buena quedara solita y decidieron acercarse, todos en grupo, pues sus mamás siempre les decían que se mantuvieran juntos y sus papás les decían que nunca dejaran a nadie solo, que la calle puede ser peligrosa.

Se acercaron, cruzando la gran avenida con cuidado, se acercaron suficiente para ver la locura en sus ojos, en la forma como movía la cabeza de un lado a otro.
De pronto oyeron una voz, una voz ronca y fuerte, una voz rabiosa que se acercaba, una voz conocida a la que temían: Era la voz del más furioso de los papás de los niños del grupo, los iban a regañar y mucho; ojalá no le peguen a su amiguito.


Un proyecto

Los niños cuchichean, caminan escoltados por el más furioso de los papás, que a su vez es el más indiferente. Los niños comentan emocionados su más reciente incursión, lo que acaban de ver, lo que acaban de escuchar. Lo comentan con una emoción que oscila entre divertida y atemorizada.
Los niños también planean su próxima aventura en tierras prohibidas, aunque primero tendrán que soportar el regaño por la que acaba de concluir, y que de seguro avivará los recuerdos de cuando quisieron jugar con un perro bravo.

De vuelta a casa, cuando se acercan al resto de los adultos, y les cuentan que estaban cerca del accidente de tránsito, se sorprenden al encontrar preguntas curiosas sobre lo ocurrido en lugar de regaños, preguntas que se volvieron más atentas aún cuando cuentan cómo alguien tuvo una crisis, que le llevó casi a la locura, y que esa locura segurito fue por culpa de una mala gente que le lanzó como un hechizo.
Se divirtieron contando e imitando todo lo que vieron. Se divirtieron más aún cuando entrevieron cuál sería su nuevo proyecto:
Jugarían a los detectives junto a los adultos.


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