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Ángulo sexto: Vehemente

UnReparo; UnaEsperanza; UnaQuerencia

Un reparo

Oye gritos a lo lejos, ve un arrollamiento.
Quiere saber cómo es quien manejaba, pero no sale del carro.
Se acerca. No puede creer tanta frialdad, tanto desprecio: ¿Cómo es posible que siga en el carro?, se dice, ¿Será que piensa huir?
No lo puede permitir.

Se agita, sin darse cuenta está corriendo.
Debe hacer algo, aclarar la situación, corregirla.

Llega al carro,
toca la ventanilla,
siente que le ignora.
Golpea la ventanilla,
siente ira pura.
Su rostro está al rojo vivo.

¿Quién se ha creído? ¿Qué estará pensando hacer?
El motor está en marcha, la velocidad está puesta: Todo en orden para arrancar.

Sin pensarlo, sin querer, se encuentra con la manecilla de la puerta,
la acciona,
abre con facilidad.
Siente extrañeza.


No fue necesario increpar, no había forma:
No hay forma de increpar a alguien catatónico.
Vislumbra otra escena posible.
Se siente culpable,
pide perdón pero no obtiene respuesta.

No puede creer todo lo que hizo,
todo lo que pensó.
Voltea, quiere reparar lo hecho,
pedir disculpas, pero a alguien que esté consciente.
Se encuentra con mil miradas curiosas que le rodean (idiotizadas, agresivas)
y con una mirada comprensiva que le consuela.


Una esperanza

Recordaba cómo, por un instante, creyó que una mirada compresiva le consolaría, cómo la vio entre tanta gente y creyó que le ayudaría a resarcir el agravio cometido, la incriminación que había incitado; pero ese instante pronto pasó: Esa mirada se esfumó, dejando otras muchas expresiones de odio que se acercaban amenazantes.

No recuerda cuánto tiempo estuvo lamentando perder aquella breve esperanza, solo recuerda cómo, de repente, surgió una mayor. Recuerda que empezó a oír gritos que se acercaban, que defendían la verdad, gritos que irrumpían entre la gente, que evitaban un linchamiento (que su propia vehemencia había promovido). No le prestó atención a las palabras, solo entrevió el efecto que produjo en la gente, cómo ésta se retiraba, poco a poco.

Ni siquiera había intentado distinguir caras o expresiones hasta que oyó otra voz, una voz obstinada que quería apaciguar a aquel ser delirante que había salvado la situación. Sintió esa misma presencia tranquilizadora, que le calmaba, de hace unos instantes: Había venido en su rescate, fue su conclusión (su deseo). Al enfocar la vista no solo encontró su mirada serena, comprensiva, sino también creyó ver una sonrisa de complicidad, una sonrisa que se alegraba por su disposición a resarcir el mal hecho, una sonrisa que le alentaba a ayudar.


Una querencia

Sus miradas se encontraron
Le sorprendió su ánimo, sus ganas de hablar.
Escuchó sin oír. Entendió sus argumentos pero no los interpretó. Había habido un accidente de tránsito pero no quería explicaciones, mucho menos soluciones, sólo quería un consuelo y su sola presencia ya se lo daba, su simple existencia le calmaba.

Se sorprendió al ver cómo daba media vuelta y se iba, pero pronto logró (o creyó) entrever que era por obligación, que buscaría ayuda para alguien más. Esa simple posibilidad le calmaba, su simple existencia le calmaba.
Fueron instantes de suave euforia pero pronto volvió a la realidad. 

Recordó por qué estaba allí: el accidente, el arrollamiento. Se compadeció de quien lo había producido, de su estado casi catatónico.
Vio cómo alguien más le consolaba. Parecía querer hacer que volviera a entrar al carro, tal vez para que no se doliera más aún por lo que había hecho.
Nadie más le colaboraba. Fue a ello.


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