Ángulo tercero: Patente

UnaSombra; UnGolpeteo; UnaInvocación; UnaVida

Una sombra

Va manejando, piensa en su casa, en lo que le espera en casa. Piensa en su familia, en descansar y compartir, en sus deberes y los problemas que tiene (y tendrá) que resolver.
Se distrae viendo un perro que sacaron a pasear (bien amarrado, con bozal incluido) y que va al trote, contento, complacido, alerta: Tal vez podría conseguir un perro, se dice.

Manejaba más rápido de lo usual, como si huyera de algo, de una sombra: Había oído insultos y un “¡Ojalá te mueras!” no muy lejos. No deja de incomodarle la agresividad citadina a pesar de vivir en la ciudad desde hace mucho. Por instinto busca pasar de largo.

Se acerca a la intercepción con una calle concurrida, la vía está libre. En un santiamén ve a la gente esperando en la orilla de la acera a que cambie el semáforo, ve cómo alguien llega caminando enérgicamente, casi corriendo, casi con desespero, para frenar de golpe al borde de la acera, y además cree distinguir a quién están insultando; así lo supone pues todo el mundo le sigue con la mirada a pesar de (o gracias a) su indiferencia.

Oye de nuevo cómo le desean la muerte y deja de indagar: le parece indebido detallar gente desconocida y mucho más si le están deseando la muerta. Aquello sentía cuando ve surgir una sombra frente al carro y acciona el freno y oye otra invocación deletérea, profunda, real; que relaciona con la sombra.
Cierra los ojos, desea haber visto mal, logra frenar pero igual oye un golpe seco contra su parachoques.

Abre los ojos, ve sangre, ve un cuerpo tirado en el pavimento.
Quiere cerrar los ojos para abrirlos de nuevo y despertar de la pesadilla.
Quiere cerrar los ojos pero no puede.
Sólo quiere llegar a casa pero no puede.


Un golpeteo

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Abrió los ojos.
Nunca había visto a alguien muerto, ni siquiera en un funeral. Le espantaba la idea. Nunca había visto, ni mucho menos, cómo alguien moría, cómo se le iba la vida del cuerpo.
Por eso intentó huir cuando oyó a alguien, a viva voz, desear la muerte de otra persona.
Por eso intentó poner su mente en blanco cuando vio al aludido caminar como si nada.

Le parecía aterradora su situación:
Veía el cuerpo ahí, tendido en el pavimento, respirando con lentitud, agonizante. Sentía su muerte como un golpeteo insistente, como si ella, la muerte, quisiera entrar en aquel cuerpo a llevarse un alma más.

El golpeteo continuaba cada vez más pertinaz mientras la gente se acercaba, algunos para intentar ayudar al moribundo, la mayoría sólo para ver qué sucedía.

Llevaba largo rato ahí, no sabría decir cuánto. Llevaba largo rato ahí, encerrada en su reducto, viendo a la gente ir y venir, incapaz de mover un músculo, atormenta por el golpeteo que no cesaba.

De pronto oyó la manecilla de una puerta, sintió que le tomaban por la solapa y vio unos ojos iracundos que le decían: ¡¡Tú lo mataste!! ¡No voy a permitir que te vayas!


Una invocación

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Recuerda una y otra vez cuando estaba fuera de su carro, contra la puerta trasera, al alcance de todos, entre mil miradas fijas.
Sabía que había atropellado a alguien, que había visto cómo caminaba sin pensar, cómo se acercaba al final de la acera con lentitud pero que prefirió dejar de prestarle atención, suponiendo que se detendría al llegar al borde.

Se recordaba allí, con la mente en blanco, rogando a Dios un auxilio con toda su alma, invocando su protección.
Se recordaba allí, contra su carro, sin saber quién le había sacado ni qué le harían, temiendo un linchamiento (no sería el primer caso): Era mucha gente con cara de odio, sólo a la espera de que alguien tirara la primera piedra, que alguien pensara que por tener un buen carro ya era influyente, posible delincuente con suficiente poder para evadir la justicia.

Recuerda cuando alguien delirante se abrió paso entre la gente, cómo atravesó gritando esa muralla que cada vez se estrechaba más, gritando con firmeza, gritando que todo había sido su propia culpa. Recuerda la esperanza que sintió ante tal absurdo, ante la posibilidad de que la gente aceptara que el arrollamiento ocurrió solo porque alguien invocó la muerte tres veces.
Recuerda su alivio (y su extrañeza) ante la locura de que entre la gente empezaran a corroborar dicha invocación y dieran marcha atrás.


Una vida

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Aún estaba sin palabras, incapaz de creer lo que pasaba, incapaz de creer que pudo haber matado a alguien, incapaz de creer que una turba había estado a punto de matarle a su vez.

No disminuye su remordimiento que fuese un accidente ni que la mayoría de los presentes, sino todos, hayan recapacitado y eximido de culpa. Nada calma su alma, nada evita que repase una y otra vez lo que debió haber hecho, cómo debió haber reaccionado, qué debió haber previsto, qué debió haber hecho, cómo debió haber reaccionado…

Las sensaciones eran tan intensas que abarcaban todas las dimensiones de su realidad. Sentía la vida misma, sentía que esa vida trascendía un simple concepto abstracto, sentía que se hacía patente, presente. Así como aparece una gran montaña con el alba, así apareció su vida en pleno ante los ojos de su alma. Así apareció: nítida, majestuosa.

Ante esas sensaciones todo lo demás perdió relevancia. No le importó que le sentaran de nuevo en el carro ni que fuese de lado para que no volviera a ver al moribundo. No le importó que viniera la policía, ni que un ser ajeno le ofreciera ayuda con vehemencia, cuando no le pedía disculpas (quién sabe por qué).

No le importó nada, pues su vida acababa de comenzar.

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